En Polonia la sociedad defiende el bien de la familia
Don Jacek Kotowski, sacerdote de las Familias en la diócesis de Lomza: en Polonia la sociedad defiende el bien de la familia Pero proponiendo modelos sociales alternativos
La Constitución polaca defiende el matrimonio como unión entre una mujer y un hombre. La Constitución garantiza a los padres el derecho a educar a sus hijos según sus convicciones, mientras que se protege a los hijos frente a la violencia, atrocidades, la explotación y la desmoralización. Más del 95% de los polacos pertenecen a la Iglesia católica. Esto ejerce una influencia positiva en la vida social y cultural: usos y costumbres se gestan siempre en la cultura católica. En Polonia casi todas las fiestas son eventos católicos. Las fiestas católicas más importantes son días no laborables. El domingo es el día en que la mitad de los polacos participa en la santa misa. El catolicismo supone el punto de partida de la libertad y el punto de partida de la vida familiar además de representar en gran medida las formas de concepción del mundo. En Polonia la familia se encuentra siempre entre los bienes más deseados y los padres son las personas que disfrutan de la máxima confianza. Las tendencias contrarias a la vida encuentran en Polonia una oposición relativamente grande.
NUEVOS MODELOS SOCIALES
Pero la estructura social no deja de verse erosionada continuamente por las transformaciones iniciadas en Polonia después del año 1989, causando grandes cambios en el funcionamiento de la vida familiar. Las familias en Polonia están empezando a enfrentarse con el desempleo, la inseguridad y la falta de estabilidad laboral, la emigración para buscar empleo, la orfandad social, la falta de trabajo y de vivienda para los recién casados, la pobreza (el 25% de los niños en Polonia están desnutridos). Muchas familias y sobre todo niños y jóvenes caen cada vez más en la ideología agresiva del consumismo: los bienes materiales se han convertido en la finalidad de la vida cotidiana y superan el valor de los bienes personales. El 70% de los polacos pasa el domingo en los centros comerciales. Casi todas las jóvenes esposas y madres concilian su vida con el trabajo profesional porque lo exige el estándar de costumbre. La programación en perspectiva a largo plazo ha desaparecido, la eternidad ha dejado de ejercer la significativa influencia en los comportamientos. Los jóvenes prolongan el período de estudios, dedicándose a los libros el fin de semana, transformando el día de descanso y de fiesta del domingo en un día de intenso trabajo. Muchos jóvenes se van al extranjero en busca de trabajo y se quedan fuera durante largos períodos. De este modo se agudiza la erosión moral. Los jóvenes se casan cada vez más tarde. Y aunque muchas veces se casan por la iglesia, esto no impide su divorcio civil, de modo que surgen muchas relaciones de concubinato. También ha disminuido el número de nacimientos. Los hijos se educan en los colegios o en otros ambientes fuera de casa. El mundo virtual se ha convertido en un valor importante entre los niños donde violencia, sexualidad agresiva y vulgaridad están creando una subcultura juvenil que no permite la formación de posturas responsables. Se agravan cada vez más la automatización, el individualismo, la enajenación, la patologización y las dependencias.
EL COMPROMISO DE LA IGLESIA
La Iglesia en Polonia actúa activamente en estos temas para profundizar en la vida personal, actuando así a favor de la proliferación de los movimientos a favor de la familia y de los jóvenes. Se esfuerza al máximo para llegar al mayor número de jóvenes posible. Lo fundamental para el desarrollo social y religioso es la educación de los jóvenes para que se conviertan en buenos padres. Esta empieza desde pequeños, en cuanto son capaces de entender que la finalidad del hombre es convertirse en buen padre, es decir, no sólo dar vida sino también velar por la educación, el desarrollo moral y espiritual. La educación de los padres es preventiva y confía en la creación de las condiciones para la aparición de la nueva vida, en la garantía de su seguridad, en el desarrollo según las necesidades y para construir la identidad de una vida humana para convertirse en un hijo de Dios. El don de la paternidad exige las condiciones justas y rectas, exige las capacidades y las competencias morales en hombre y en la sociedad. Impone al hombre el deber de desarrollo intelectual y moral. El desarrollo intelectual es la aceptación del misterio de la vida, del deber de defender la vida y también del misterio de creación del hombre. Ser un buen padre exige el servicio no sólo al niño y a la mujer, sino también a Alguien que representa al nuevo hombre. El hijo y la hija que nacen despiertan el amor porque son sangre de la sangre y cuerpo del cuerpo del padre, pero también despiertan el cariño porque es teofanía - rostro del propio Dios. La educación religiosa del padre exige entonces primero la sumisión a la vocación. Porque en el hijo concebido por el padre se recoge el rastro de Dios, es la absorción y la transformación de la paternidad humana de la paternidad de Dios. Los padres dan el corazón carnal, pero Dios lo cambia por el corazón capaz de amar. Los padres brindan al niño la posibilidad de conocer el mundo pero Dios la transforma en posibilidad cognoscitiva de la trascendencia respecto al mundo. Cada niño concebido es el hijo del padre concreto y el hijo de Dios. Cada hijo concebido tiene el código espiritual de Dios. Y se parece más al Padre Celestial que al padre terrenal. Reconocer este hecho exige no sólo humildad, sino que es también la luz para la decisión del hombre y es el indicador para su misión educativa. Esta misión se reduce a la creación de las condiciones para estar con Dios y a un vínculo con él, para sí mismo, para la familia y para la sociedad. La ambición educativa del hombre debería ser convertirse él mismo, su mujer y sus hijos en la gloria de Dios. En esta perspectiva la paternidad consiste en crear el contacto entre el entorno familiar y Dios, el entorno moral de la unidad entre padres e hijos, por lo tanto el entorno limpio. La paternidad consiste así en el poder realizar el cuarto mandamiento ("Honrarás a tu padre y a tu madre..."), que como recalca Juan Pablo II en la Carta a la Familia, es el mandamiento del respeto a la dignidad de la persona, el mandamiento de obligación para hijos y padres.
La realización de este mandamiento cuenta con la ayuda de Dios y es el fundamento social.
